El Fondo LIBRE: una declaración de independencia financiera

La libertad financiera no se improvisa; se construye.

Por Gabriela Zapata

Existe una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿cuántas de las decisiones financieras
que tomamos —o que no tomamos— están determinadas por normas sociales de género
que no elegimos pero que sí aprendimos? Desde niñas, absorbemos ideas sobre cómo
debemos comportarnos y qué se espera de nosotras como mujeres en la familia, la escuela,
el trabajo, nuestra vida de pareja. Asumimos comportamientos, roles y responsabilidades de
manera tan “natural” que, en ocasiones, hasta llegamos a pensar que lo hacemos por
decisión propia. No las cuestionamos porque se sienten tan naturales como siempre haber
sabido cómo nos llamamos.

Sin embargo, estas “reglas no escritas” suelen tener impactos significativos en aspectos
clave de nuestras vidas, incluyendo, de manera muy importante, nuestra relación con el
dinero. Sin que necesariamente seamos conscientes de ello, moldean cómo vemos nuestra
propia capacidad económica y cómo tomamos decisiones financieras: en qué queremos y
podemos trabajar (o si debemos hacerlo), cómo negociamos nuestro salario o promociones,
cuánto riesgo nos atrevemos a asumir al emprender un negocio o invertir, y qué tan cómodas
nos sentimos manejando dinero sin pedir permiso o validación.

Para las mujeres, no superar estas normas puede resultar en menor (o nula) seguridad
financiera tanto en el presente como en el futuro que, en los casos más extremos, puede
implicar la imposibilidad de salir de situaciones negativas o dañinas simplemente porque no
existe un colchón económico propio que nos lo permita.

Además, aunque solemos vivir más años que los hombres, en muchos casos llegamos a la
vejez con menos ahorros y pensiones más bajas —o sin ahorros ni pensión— porque
durante nuestra vida laboral —si es que la tuvimos— ganamos menos, trabajamos por
cuenta propia, o hicimos pausas en nuestra carrera para cuidar hijos o adultos mayores sin
remuneración alguna.

Para la sociedad en general, significa que estamos limitando el potencial de la mitad de la
población, y eso nos afecta a todas y a todos. Frente a esta realidad, hay algo concreto que
cada mujer puede hacer hoy: construir su propio Fondo LIBRE.
El Fondo LIBRE hace la diferencia entre “aceptar o quedarte porque quieres” y “aceptar o
quedarte porque no hay de otra.” Aunque cada mujer viva circunstancias distintas, la posibilidad de construirlo comienza con tener recursos propios o la capacidad de generarlos—mediante trabajo, emprendimiento o patrimonio.

¿Qué es el Fondo LIBRE?

El Fondo LIBRE es un colchón financiero personal diseñado para garantizar que ninguna
mujer esté obligada a permanecer en un trabajo, una relación o una situación que no le hace
bien por falta de opciones económicas. Es dinero propio, intocable, que permite cerrar
algunas puertas sin miedo y abrir otras con confianza.
Su nombre no es casual. LIBRE es un acrónimo que describe exactamente lo que este fondo
puede darnos:

  • La L es Libertad para decidir cómo vivir sin que las normas sociales limiten nuestras opciones.
  • La I es Independencia para satisfacer nuestras necesidades y cumplir nuestros deseos sin depender de otra persona o institución.
  • La B es Bienestar que nos permite tener seguridad y tranquilidad económica.
  • La R es Resiliencia para enfrentar imprevistos sin perder estabilidad.
  • La E es Empoderamiento para tomar decisiones financieras con confianza, libres de limitaciones impuestas por normas sociales o dependencia económica.
 

Cómo construir el Fondo LIBRE paso a paso

Para construirlo, empezamos con una meta clara: tener entre 3 y 6 meses de ingresos
guardados en una cuenta a la que solo tengamos acceso nosotras. Se inicia con el
equivalente a un mes de ingresos y se va construyendo gradualmente y sin estrés.

Se puede usar como guía la regla 50-25-25, que implica dividir el ingreso mensual (o
quincenal o semanal) a la mitad, y luego tomar una mitad y dividirla a su vez a la mitad,
destinando cada una de las tres partes a estos usos:

  • 50% para gastos esenciales: vivienda, alimentación, transporte, servicios.
  • 25% para gustos: entretenimiento, suscripciones, viajes, compras; todo aquello que aporta a nuestra calidad de vida sin ser estrictamente necesario.
  • 25% para construir el Fondo LIBRE (y, si las hay, para pagar deudas).
 

La regla no es rígida —cada quién la puede flexibilizar a favor de un rubro u otro— pero
provee una guía concreta a seguir. Quien destine 25% a su fondo tendrá su primer mes
ahorrado en cuatro meses; logrará ahorrar 3 meses en un año; y tendrá los 6 meses
ahorrados en solo dos años. A quien únicamente le sea posible destinar un 10% al fondo, le
tomará cinco años ahorrar sus primeros 6 meses (o menos si sumamos los rendimientos que
el ahorro habrá ido generando en ese tiempo). Pero como la vida laboral suele ser larga, aún
si muchas mujeres la interrumpen, hay tiempo de sobra para construir el Fondo LIBRE. Lo
importante es tener una meta clara y alcanzarla, poco a poco, empezando tan pronto sea
posible.

Dónde guardar y crecer el Fondo LIBRE

La primera recomendación para guardar los recursos ahorrados es abrir una cuenta con
rendimientos o de inversión
y no usar la cuenta de débito del día a día. Si bien el fondo
debe ser accesible ante una necesidad o emergencia real, también debe estar lo
suficientemente separado de la liquidez cotidiana como para no sucumbir a tentaciones
menores, además de acumular valor con el tiempo.

Mientras se construyen los cimientos del fondo, es recomendable usar instrumentos de
inversión de bajo riesgo. Más adelante, conforme se adquiera conocimiento de otros
instrumentos y el riesgo que conllevan, se pueden tomar otras decisiones de inversión para
hacer crecer aún más el dinero.

En un ejemplo sencillo, si ahorras de manera constante el equivalente al 10% de tus ingresos
durante 15 años y obtienes rendimientos conservadores por encima de la inflación, podrías
acumular un poder adquisitivo equivalente a más de 21 meses de sueldo. Si fueras capaz de
destinar el 25%, el monto superararía los 53 meses de ingresos. Si existe la posibilidad de
diversificar el portafolio de inversión, el crecimiento del fondo sería mucho mayor. El objetivo
no es acumular dinero sino abrirnos la puerta a opciones que podamos de ejercer. 

La segunda recomendación es automatizar o domiciliar el ahorro. No hay que confiar en la
fuerza de voluntad —que puede existir, pero no ser constante— sino programar una
transferencia automática a la cuenta de inversión, por un porcentaje fijo o una cantidad
concreta. Lo que no pasa por las manos no corre el riesgo de gastarse.

Más que una estrategia financiera, construir un Fondo LIBRE es una declaración de
independencia que no se mide únicamente por cuánto dinero acumulamos, sino por las
opciones que ese dinero nos permite ejercer y la traquilidad que nos da saber que las
decisiones sobre dónde trabajar, con quién estar y cómo vivir no las dicta la ausencia de un
respaldo económico propio.

La libertad financiera es una inversión en nuestra paz mental, nuestra autonomía y el
derecho a decidir nuestro propio destino. Se construye con método, constancia y, sobre todo, intencionalidad, como tantas otras cosas que hacemos las mujeres en la vida. Por ello,
¡hagámoslo una prioridad!

Sobre la autora

Gabriela Zapata es especialista en inclusión y salud financiera y asesora estratégica, consejera y consultora de diversas instituciones privadas y públicas y empresas fintech en México y América Latina. Participa en iniciativas enfocadas en medir y construir salud financiera, promover la adopción de una perspectiva de género en el sector financiero y fortalecer la resiliencia de micro y pequeñas empresas, destacando sus colaboraciones con CGAP/Grupo Banco Mundial, la Oficina de la Reina Máxima de los Países Bajos en la ONU (UNSGSA), Fundación MetLife, BFA Global y, anteriormente, con la Fundación Gates y la Secretaría de Agricultura de México.